El Cedro y la Flor, novela de Hissam Abdala. México.

El Cedro y la Flor del poeta y novelista Hissam Abdala, es una novela que navega desde el siglo XIX hasta nuestros tiempos y consigo lleva la carga literaria de la «Comedia Humana», escrita por el visionario francés Honorato de Balzac, que, éste último fue quien dió el esplendor significativo al nombre de la palabra novela hasta el siglo XXI actual.

El Cedro y la Flor de Hissam Abdala es muestra de fe que se encontrará los importantes mecanismos literarios que las grandes novelas tienen de sí para el lector formado en la serena y concentrada lectura; entre ellos la virtud de la sinceridad de la mano escrita por el autor para una historia de ventura y descripción de la compleja vitalidad y fundación de entre los tres últimos siglos de la humanidad.

Juan Cú. Presidente del Consejo Nacional de Escritores Independientes CNEI México . Internacional

Hissam Abdalá novela El Cedro y la Flor. Presentación Centro Libanés.México

Cristina de la Concha Ortíz Premio de Calidad Literaria 2025 por  la Novela El Acecho de las Musas. Consejo Nacional de Escritores Independientes CNEI

La novela El Acecho de las Musas, es un libro entretenido que desde las primeras páginas el lector inteligente busca dónde el autor de la novela y el personaje principal se hacen uno y nada más, y ahí está la clave del enigma que desata todos los secretos intrincados y resueltos a lo largo de la narración de la autora Cristina de la Concha, novela entretenida con datos agradables de noticias que han estado sin resolver en el imaginario histórico de México. Intenta dar a la luz entre historias delicadas y sociales que se hallan vivas debajo de la superficie geográfica del país y hasta la búsqueda histórica del pasado que aún sigue vigente en la memoria del lector informado y experto en la lectura de temas importantes y clásicos a lo largo del siglo XX y XXI .

Juan Cú

La Rama Dorada, por Juan Cú. Algunas consideraciones

El utilizar la mitología griega, y sus dificultades para tratar de comprenderla y generalizarla a través de un particular punto de vista y utilizarlo como referencia específica es muy arriesgado.

Que así de ininteligibles son todas las mitologías de todos los países del mundo, y más, cuando se quiere moldearlas para justificar un fin en la historia. Ejemplos: el intento de resumir en la magna obra llamada La Rama Dorada (1907–1915) – un texto que pretende de alguna manera, presentar y clasificar a través de seguirle la pista a una investigación sistemática para:

«explicar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de Diana en Aricia… Así, en la cuestión crucial de la costumbre de condenar a muerte a los reyes, ya al término de un plazo fijado o cuando su salud o energías empiezan a decaer…donde los reyes eran condenados a muerte a la terminación de un plazo determinado o cuando alguna calamidad pública,como sequía, carestía o derrota en la guerra, indicaba una quiebra de sus poderes naturales. La evidencia del regicidio sistemático…» Prefacio de la Rama Dorada, James Fraser (1854–1941)

Temas censurados en la modernidad por considerarlos anticuados, pero que en las civilizaciones antiguas fueron vigentes, a decir del Sr. Fraser.

«No podemos prejuzgar el alcance de la temprana influencia africana sobre Italia ni la existencia de una población africana en la Europa meridional, que los hechos apuntan. Las relaciones prehistóricas entre los dos continentes son todavía oscuras y están siendo investigadas.» J. Fraser

Así, los temas femeninos de la antigüedad donde las participantes en el culto religioso fueron las mujeres, y de ahí su carácter no menos sanguinario en comparación con los hombres: recuérdese que la tierna sibila de la historia griega de los inocentes libros que leemos, no fueron aquéllas dulces mujeres que evocaban profecías dentro de la historia general, sino la sibila, que, a la manera de sacerdotisa a los piés de Artemisa, como la describió Alfonso Reyes en su poema (¿teatro?) Ifigenia Cruel, mujer sacerdotisa, como una real sacrificadora de hombres- recuérdese la hija de Agamenón en la Íliada, según se creé-

IFIGENIA CRUEL CAPÍTULO 1
ALFONSO REYES

que ha perdido la memoria de su vida anterior:

Hay de mí, que nazco sin madre
y ando recelosa de mí,
acechando el ruido de mis plantas
por si adivino adónde voy.

Otros, como senda animada,
caminan de la madre hasta el hijo,
y yo no —suspensa del aire—,
grito que nadie lanzó.

Porque un día, al despegar los párpados,
me eché a llorar, sintiendo que vivía;
y comenzó este miedo largo,
este alentar de un animal ajeno
entre un bosque, un templo y el mar.

Yo estaba por los pies de la Diosa,
a quien era fuerza adorar
con adoración que sube sola
como una respiración.

—Y pusiste en mi garganta un temblor,
hinchiendo mis orejas con mis propios clamores;
me llenabas toda poco a poco
—jarro ebrio del propio vino—,
si ya no me hacías llorar
a los empellones de mi sangre.

De tus anchos ojos de piedra
comenzó a bajar el mandato,
que articulaba en mí los goznes rotos,
haciendo del muñeco una amenaza viva.

Tu voluntad hormigueaba
desde mi cabeza hasta el seno,
y colmándome del todo el pecho,
se derramaba por mis brazos.

Nacía entre mi mano el cuchillo,
y ya soy tu carnicera, oh Diosa.

CORO

Respetemos el terror
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.

A osadas pretendía hablar
como no hablan viento y mar,
sacudiendo ansiosa los árboles
que respondían a gritos de pájaros,
o arrancando caricias rotas
en el reventar de las olas.

—Hija salvaje de palabras:
¿quién te hizo sabia en destazar la víctima?
¿Quién te enseñó el costado donde esconde
su corazón el náufrago extranjero?

Íbamos a envolverte compasivas,
a ti, montón de cólera desnuda,
cuando nos traspasaste con los ojos,
hecha ya nuestra ama.

IFIGENIA

Otros se juntan en fáciles corros
apurando mieles del trato:
yo no, que si intento acercarme,
huyo, de mí misma asustada,
como si otro por mi voz hablara.

Otros prenden labios a labios
y promesas se ofrecen con los ojos,
gozando en conciliarse voluntades:
yo no, que amanezco cada día
al tronco de mí misma atada.

Otros, en figuras de baile
alternan amigos y familias,
contrastando los suyos con los pasos de otros:
y yo no, que caigo cada noche
en mi regazo propio.

CORO

¿Te dio Artemisa su leche de piedra,
mujer más fuerte que todos los guerreros?
¡Qué cosa es verte retorcer los brazos
en el afán de ahogar a un hombre!

Prefieres la víctima iracunda,
vencida primero y luego abierta
para que Artemisa respire
la exhalación de sus entrañas.

¡Oh cosa sagrada y feroz!
Una fuerza que desconoces
está anudada en tu entrecejo.

Y con todo, entre temor y antojo,
te amamos como a fiera joven,
y mil veces, señora, vamos a acariciarte,
cuando he aquí que de pronto nace el rayo
por la sobrehaz de tu piel.

¡Oh cabellera híspida que no puedo peinar!
¡Oh frente y nuca broncas de besar!
¡Brazos redondos, piernas ágiles,
pies elásticos y perfectos!

¡Vaso precioso de mujer arisca:
dinos, dinos al menos
si no puedes ser dulce un solo instante;
dime si al fin podré besarte
las leves puntas de las manos!

IFIGENIA

Y, sin embargo, siento que circula
una fluida vida por mis venas:
algo blando que, a solas, necesita
lástimas y piedades.

Quiero, a veces, salir a donde haya
tentación y caricia.
Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.
Y cuando, henchida de dulces pecados,
me prometo una aurora de sonrisas,
algo se seca dentro de mí misma;
redes me tiendo en que yo misma caigo;
siendo yo, soy la otra…
Y me estremezco al peso de la Diosa,
cimbrándome de impulso ajeno;
y apretando brazos y piernas,
siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

¡Oh amor mejor que vuestro amor, mujeres!
Os corre un vigor frío por la espalda:
ya son las manos dos tenazas,
y toda yo, como pulpo que se agarra.

Y en la gozosa angustia
de apretar a la bestia que me aprieta,
entramos en el mundo
hasta pisar con todo el cuerpo el suelo.

Libro un brazo, y descargo
la maza sorda de la mano.
Hinco una rodilla, y chasquean
debajo los quebrados huesos.

¡Ya es mío! ¡Ya es tuyo, Artemisa!
Y subo, con un grito, hasta la eterna oreja.

Pero al furor sucede un éxtasis severo.
Mis brazos quieren tajos rectos de hacha,
y los ojos se me inundan de luz.
Alguien se asoma al mundo por mi alma;
alguien husmea el triunfo por mis poros;
alguien me alarga el brazo hasta el cuchillo;
alguien me exprime, me exprime el corazón.

CORO

Respetemos el dolor
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.

Sacerdotisa pura en traza de mujer,
nunca divagaré por sus dos senos
de virgen atleta,
ni gozaré tejiendo sus cabellos.

Nunca disfrutarán su piel mis manos,
ni ha de tocarla sino el aire,
o el agua donde suele romper con el contento
del cabello sediento.

—Y te envidio señora,
el agrio gusto de ignorar tu historia.

IFIGENIA

Es que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas fiestas humanas
que recorréis vosotras con el mirar del alma!

Cuando, en las tardes, dejáis andar la rueca,
y cantáis solas, a fuerza de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo de la boca,
dan libertad para otros pensamientos—,

entonces yo adivino que andáis errando lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.

Ninguna costumbre os sujeta
y, en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis al cinto
una cerradura sin chirridos.

Y os envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos a la canción perdida.
(¿Veis? Magníficamente nace del mar la sombra
cuando, en las colinas violetas,
asoman, de regreso, los pastores de toros…)

CORO

Canta, con aire monótono:Cantemos, dando al tiempo alma y copo, rueca y voz. Horas inútiles tejen tierra y cielo, tarde y mar. Arañita de la casa, no me dan oficio mejor. Consejos me da la rueca, sintiéndome a solas reír. Hay quien de noche duerme, y hay quien de día trabaja. Hay quien aún se acuerda, y secretea y calla. Hay quien perdió sus recuerdos y se ha consolado ya.

Calla un instante. Dice luego:

¿Callas, señora? ¡Solamente callas!
Y, como a aquel que canta contra el aire,
nuestra canción parece caernos en la cara,
queriéndose volver de nuevo al pecho.

¡Oh mujer de rodillas duras!
No acertamos a compadecerte.
Fuerza será llorar a cuenta tuya,
a ver si, de piedad, echas del seno
ese reacio aborto de memoria
que te tiene hinchada y monstruosa.

No hay de nosotras quien no ceda a la canción
poniendo en ella lo que cada una sabe a solas,
si no eres tú, pregunta sin respuesta,
a quien vivimos parteando el alma con afán.No hay de nosotras quien a las lágrimas no acuda,

con esa gula íntima de probar un secreto,
donde comienza el juntarse de las almas
en un temblor de miedo y amistad.

¡Pero tú, que ni nos engañas siquiera!
Tú que nos das la nada que te llena,
¿no harás, al menos, por forjar un sueño,
una memoria hechiza que nos pague
la sed de consolarte que tenemos?

No; rechina entre tus dientes la voz:
ni recordar ni soñar sabes,
ni mereces los senos en el pecho,
ni el vientre, donde sólo crías la noche.

IFIGENIA

Os amo así: sentimentales para mí,
haciendo, a coro, para mi uso, un alma
donde vaya labrada la historia que me falta,
con estambre de todos los colores
que cada una ponga de su trama.

Tal vez me apunta un resabio de memoria
hecha de vuestras ansias naturales,
y en el imán de vuestras voluntades,
parece que la estatua que soy arriesga un pálpito.

Pero soy como me hiciste, Diosa,
entre las líneas iguales de tus flancos:
como plomada de albañil segura,
y como tú: como una llama fría.

Sobre el eje de tu nariz recta,
nadie vio doblarse tus cejas,
ni plegarse los rinconcillos
inexorables de tu boca,
por donde huye un grito inacabable,
penetrado ya de silencio.

¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?

¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?

¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?

En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!

Y al cabo, lo que en ti más venero:
los pies, donde recibes la ofrenda
y donde tuve yo cuna y regazo;
los haces de dedos en compás
donde puede ampararse un hombre adulto;
las raíces por donde sorbes
las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.

«miedo a los muertos, que en general creo ha sido probablemente la fuerza más poderosa en la formación de la religión primitiva…» J. Fraser

De aquí se podrían inferir los mitos ocultos, éstos de los que no se hablan y que existen detrás de los mitos aceptados, y que encontraríamos justificados en los mitos que ahora nos representan.

Sugiere El Sr. Fraser ante la opinión de su obra:

«Espero que después de esta recusación explícita no seré ya acusado de abrazar un sistema de mitología que juzgo no sólo falso, sino hasta ridículo y absurdo. Mas estoy demasiado familiarizado con la hidra del error para esperar que cortando una de las cabezas del monstruo pueda prevenir el retoño de otra, y aun de la misma.» J. Fraser

Dejo los capitulos íntegros sobre los Tabús de mujeres en el libro de la Rama Dorada F.C.E. para una mejor visión del tema que hoy  se trata. Juan Cú

Traducción de
ELIZABETH Y TADEO I. CAMPUZANO
Sir JAMES GEORGE FRAZER
LA RAMA DORADA
Magia y religión
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO MADRID BUENOS AIRES
Octava reimpresión, 1981
Título original:
The Golden Bough
© 1922 The Macmillan Company, Nueva York
D. R. © 1944 Fondo de Cultura Económica

3.Pagina 250. TABÚS DE LAS MUJERES MENSTRUANTES Y PARTURIENTAS
En general podemos decir que la prohibición de usar vajilla, ropas y
demás efectos de ciertas personas y las consecuencias que se siguen de la
infracción de la regla son exactamente las mismas tanto para las personas
sagradas como las que pudiéramos denominar impuras, manchadas o polutas.

Así como las prendas tocadas por un jefe sagrado matan al que
las coge, así sucede también con las cosas manipuladas por una mujer
menstruante. Un negro australiano que descubrió que su mujer había
pernoctado sobre su manta en período menstrual, la mató y se murió de
terror antes de los quince días. Las mujeres australianas en sus «periodos»
tienen prohibido bajo pena de muerte tocar nada de uso de los
hombres y ni aun caminar por el sendero que frecuente un hombre.

También son encerradas en el parto y todas las vasijas usadas durante su
reclusión se arrojan al fuego. En Uganda, la vajilla que una mujer toca
debe ser destruida cuando la impureza de su catamenio o de su puerperio
está en ella. Las lanzas o escudos tocados por ella no se destruirán y
solamente se purificarán.

«Entre todos los dené y la mayoría de las tribus americanas, difícilmente
se encontraba un ser que produjera tanto miedo como una mujer menstruante.
Tan pronto como sus signos se manifestaban en una jovencita, la separaban
de toda compañía, salvo de la de otras mujeres, y tenía que vivir segregada
de la mirada de los del poblado o de los hombres de los grupos trashumantes,
en una pequeña choza apartada.

Mientras estuviera en ese estado atemorizante, debía abstenerse de tocar nada
perteneciente a hombre o los despojos de un venado o cualquier otro animal,
por temor de inficionar así a los mismos y condenar a los cazadores al fracaso,
debido al enojo de la caza menospreciada.

Su dieta era de pescado seco y agua fría sorbida mediante
un tubo como única bebida. Además, como sólo el verla constituía
un peligro para la sociedad, tenía que llevar un gorro especial de
piel con flecos cayendo hasta el pecho por delante de la cara y se ocultaba
de la vista pública algún tiempo después de haber vuelto a su
estado normal.

» Entre los indios bribri de Costa Rica se considera como
impura a la mujer menstruante. Los únicos platos para sus comidas son
hojas de plátano que después de haber sido usadas por ellas se arrojan en
algún sitio retirado o lejano, porque una vaca que las encontrara y comiera
se agotaría y moriría. Beberá en un vaso especial, pues alguna

TABÚS PROPIOS DE LAS MUJERES 251

persona podría beber en el mismo vaso después que ella y seguramente
moriría.

Similares restricciones se imponen en muchos pueblos a las mujeres
puérperas y ciertamente por las mismas razones. En este período se
supone que las mujeres están en una condición peligrosa que podría contagiar
a cualquier persona o cosa que tocasen; por eso se las pone en
cuarentena hasta que recobran la salud y energía, habiendo pasado el
imaginario peligro.

Así, en Tahití una mujer en el puerperio estaba recluida
de dos a tres semanas en una choza provisional levantada en terreno
sagrado; durante el tiempo de reclusión quedaba excluida de tocar
las provisiones que le traían teniendo que darle de comer otra mujer.

Además, si alguien tocaba al recién nacido en este período, quedaba
sujeto a las mismas restricciones que la madre hasta celebrar la ceremonia
de la purificación. Igualmente en la isla de Kadiak, en Alaska, una
mujer en trance de dar a luz se retira a una cabaña baja y mísera construida
de juncos, donde permanece veinte días después de haber nacido
el hijo, sin atención a la época del año y considerándola tan impura
que nadie la puede tocar, y le aproximan los alimentos con una vara.

Para los indios bribri la impureza del puerperio es mucho más peligrosa
aun que la catamenial. Cuando una mujer siente que su parto está cercano,
se lo dice a su marido, que con presteza construye una choza en
un lugar solitario. Allí vivirá sola sin mantener conversación con nadie,
salvo con su madre o alguna otra mujer. Después del parto el curandero
la purifica soplándole y teniendo sobre ella un animal cualquiera.

Pero aun así, esta ceremonia solamente mitiga su impureza dejándola en un
estado considerado equivalente al de una mujer menstruante; durante
un mes lunar completo vivirá aparte de su familia cumpliendo las mismas
reglas de comer y beber que las relativas a los períodos menstruales.

El caso es aún peor y la impurificación es todavía más mortífera si tiene
un aborto o un niño muerto antes de nacer, pues entonces ella no
puede estar cerca de ningún alma viviente y el simple contacto con
cosas que ella haya usado es excesivamente peligroso, dándosele su alimento
en la punta de una pértiga.

Esto dura por lo general tres semanas, después de cuyo tiempo puede
volver a su casa, sujeta solamente a las restricciones habituales de un
confinamiento por parto.

Algunas tribus bantú abrigan nociones más exageradas aún de la
virulenta infección dispersada por una mujer que ha tenido un aborto
y lo ha ocultado. Un observador de experiencia nos cuenta de este pueblo
que la sangre de un parto «aparece a los ojos de los sudafricanos
como inficionada de una corrupción todavía más peligrosa que el líquido
menstrual.

El marido es excluido de la choza durante los ocho días del
sobreparto, principalmente como precaución para evitar que se contamine
con las secreciones. No se atreverá el marido a tener su hijito en brazos
durante los tres primeros meses de lactancia.

Cuando los loquios son particularmente terribles es en el producto de un aborto,
en especial el que se ha ocultado. En este caso, no es solamente el hombre
el amenazado o muerto; es el país entero, es el mismo cielo el que sufre. Por una curiosa asociación de ideas, un hecho fisiológico causa trastornos cósmicos».

En cuanto a los efectos desastrosos que un aborto puede originar en un país entero,
hemos acotado las palabras de un curandero y hacedor
de lluvias de la tribu Ba Pedi: «Cuando una mujer ha tenido un aborto
cuando ella ha consentido que su sangre fluya y ha ocultado el feto, es
suficiente para ocasionar que los vientos abrasadores soplen y resequen
el país con su calor; la lluvia ya no cae, el país ya no está bien.

Cuando la lluvia se aproxima al sitio donde está la sangre, no se atreverá
a acercarse; temerá y permanecerá a distancia. Esa mujer ha cometido
un gran crimen: ha corrompido el país del jefe, pues ha ocultado sangre
que aún no estaba bien cuajada para formar un hombre. Esa sangre es tabú.

Nunca debió gotear en el camino. El jefe reunirá a sus hombres y les
dirá: ‘¿Está todio en orden en vuestras aldeas?’ Alguno responderá:
‘Tal o cual mujer está preñada y aún no se ha visto la criatura que ella ha
parido’.

Entonces van, arrastran a la mujer y le dicen: ‘Muéstranos en
dónde lo has ocultado’. Van al sitio, cavan y después rocían el agujero
con una cocción de dos clases de raíces preparada en un puchero especial.

Hecho esto, toman un poco de la tierra de la fosa y la tiran al río;
recogen agua del río y rocían con ella el sitio donde la mujer derramó
su sangre. Todos los días siguientes se lavará con la medicina, y después
de realizado todo esto, el país volverá a estar húmedo [por lluvial.

Además, nosotros [los curanderos] convocamos a las mujeres del país;
nosotros les decimos que preparen una pelota con la tierra que contiene
sangre menstrual y nos la traigan por la mañana. Si deseamos preparar
medicina con que rociar al país entero, pulverizamos esa tierra, y cuando
pasan cinco días, enviamos niños y niñas, niñas que aún no conozcan
nada de los asuntos femeninos ni hayan tenido aún relaciones con hombres.

Depositamos la medicina en cuernos de buey y esas criaturas van
a todos los vados, a todas las entradas del país; una de las niñas voltea
un poco del suelo con una piqueta y las otras mojan una rama en uno
de los cuernos y salpican dentro del hoyo diciendo: ‘¡Lluvia, lluvia!’

Así, nosotros neutralizamos la desgracia que las mujeres nos han traído
sobre los caminos y la lluvia está en condiciones de llegar. El país está
purificado».