Vanessa Fens Libro presentación Palacio de Minería México
Vanessa Fens, libro El Paraíso de las Luciérnagas
Qué es ‘»la Poética Trascendental» : es la posibilidad de que un autor literario en algún país cualquiera pueda escribir dentro de los límites establecidos por la literatura tradicional y profundizar, si se lo permite su audacia y talento, erigirse aún más allá de las definiciones prometidas por la crítica seria. Es decir que los críticos puedan incorporar en su estudio sobre un autor juicios de valor, esas sutiles diferencias desde la literatura comparada y desde sus particulares rasgos de autoría la descripción del fenómeno poético revelado. J Cú
Vanessa Fens, escritora, a diferencia de su generación literaria (siglo XXI), ha logrado incorporar ciertos avances en su gramática lírica y su traslado a la poética que regularmente se escribe en nuestros países de habla española. Entre ellos los juicios de valor, que con sutil apariencia emergen del mar bravío donde originalmente fueron escritos en la costa inglesa, «…el de todos, el más temido: La Mar Atlántica»; sí, casi todo lo bueno nace de su causa contradictoria, así «La Divina Comedia» de Dante Alighieri nace de la antinómia del todavía incomprendido infierno medieval, así, la grata elevación intelectual del «El Primer Sueño » de Sor Juana Inés de la Cruz nace, entre otras cosas, de los temores ciertos de la desesperada Inquisición del siglo XVII contra ella y su personalidad atrayente y temida. La poética es revelación, («para ser poeta primero hay que ser tocado por el dedo de la Musa, afirma el refrán, es decir, no basta haber nacido en su seno, sino saberse hostil a su belleza.») y revelar es desanudar el velo con que se atavían las costumbres de los pueblos, floreciendo su verdad estética ante su sinceridad humana escrita como lo está el sagrado epitafio, unida al mármol biselado y la piedra informe… continuará Juan Cú
El utilizar la mitología griega, y sus dificultades para tratar de comprenderla y generalizarla a través de un particular punto de vista y utilizarlo como referencia específica es muy arriesgado.
Que así de ininteligibles son todas las mitologías de todos los países del mundo, y más, cuando se quiere moldearlas para justificar un fin en la historia. Ejemplos: el intento de resumir en la magna obra llamada La Rama Dorada (1907–1915) – un texto que pretende de alguna manera, presentar y clasificar a través de seguirle la pista a una investigación sistemática para:
«explicar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de Diana en Aricia… Así, en la cuestión crucial de la costumbre de condenar a muerte a los reyes, ya al término de un plazo fijado o cuando su salud o energías empiezan a decaer…donde los reyes eran condenados a muerte a la terminación de un plazo determinado o cuando alguna calamidad pública,como sequía, carestía o derrota en la guerra, indicaba una quiebra de sus poderes naturales. La evidencia del regicidio sistemático…» Prefacio de la Rama Dorada, James Fraser (1854–1941)
Temas censurados en la modernidad por considerarlos anticuados, pero que en las civilizaciones antiguas fueron vigentes, a decir del Sr. Fraser.
«No podemos prejuzgar el alcance de la temprana influencia africana sobre Italia ni la existencia de una población africana en la Europa meridional, que los hechos apuntan. Las relaciones prehistóricas entre los dos continentes son todavía oscuras y están siendo investigadas.» J. Fraser
Así, los temas femeninos de la antigüedad donde las participantes en el culto religioso fueron las mujeres, y de ahí su carácter no menos sanguinario en comparación con los hombres: recuérdese que la tierna sibila de la historia griega de los inocentes libros que leemos, no fueron aquéllas dulces mujeres que evocaban profecías dentro de la historia general, sino la sibila, que, a la manera de sacerdotisa a los piés de Artemisa, como la describió Alfonso Reyes en su poema (¿teatro?) Ifigenia Cruel, mujer sacerdotisa, como una real sacrificadora de hombres- recuérdese la hija de Agamenón en la Íliada, según se creé-
IFIGENIA CRUEL CAPÍTULO 1 ALFONSO REYES
que ha perdido la memoria de su vida anterior:
Hay de mí, que nazco sin madre y ando recelosa de mí, acechando el ruido de mis plantas por si adivino adónde voy.
Otros, como senda animada, caminan de la madre hasta el hijo, y yo no —suspensa del aire—, grito que nadie lanzó.
Porque un día, al despegar los párpados, me eché a llorar, sintiendo que vivía; y comenzó este miedo largo, este alentar de un animal ajeno entre un bosque, un templo y el mar.
Yo estaba por los pies de la Diosa, a quien era fuerza adorar con adoración que sube sola como una respiración.
—Y pusiste en mi garganta un temblor, hinchiendo mis orejas con mis propios clamores; me llenabas toda poco a poco —jarro ebrio del propio vino—, si ya no me hacías llorar a los empellones de mi sangre.
De tus anchos ojos de piedra comenzó a bajar el mandato, que articulaba en mí los goznes rotos, haciendo del muñeco una amenaza viva.
Tu voluntad hormigueaba desde mi cabeza hasta el seno, y colmándome del todo el pecho, se derramaba por mis brazos.
Nacía entre mi mano el cuchillo, y ya soy tu carnicera, oh Diosa.
CORO
Respetemos el terror de la que se salió de la muerte y brotó como un hongo en las rocas del templo.
A osadas pretendía hablar como no hablan viento y mar, sacudiendo ansiosa los árboles que respondían a gritos de pájaros, o arrancando caricias rotas en el reventar de las olas.
—Hija salvaje de palabras: ¿quién te hizo sabia en destazar la víctima? ¿Quién te enseñó el costado donde esconde su corazón el náufrago extranjero?
Íbamos a envolverte compasivas, a ti, montón de cólera desnuda, cuando nos traspasaste con los ojos, hecha ya nuestra ama.
IFIGENIA
Otros se juntan en fáciles corros apurando mieles del trato: yo no, que si intento acercarme, huyo, de mí misma asustada, como si otro por mi voz hablara.
Otros prenden labios a labios y promesas se ofrecen con los ojos, gozando en conciliarse voluntades: yo no, que amanezco cada día al tronco de mí misma atada.
Otros, en figuras de baile alternan amigos y familias, contrastando los suyos con los pasos de otros: y yo no, que caigo cada noche en mi regazo propio.
CORO
¿Te dio Artemisa su leche de piedra, mujer más fuerte que todos los guerreros? ¡Qué cosa es verte retorcer los brazos en el afán de ahogar a un hombre!
Prefieres la víctima iracunda, vencida primero y luego abierta para que Artemisa respire la exhalación de sus entrañas.
¡Oh cosa sagrada y feroz! Una fuerza que desconoces está anudada en tu entrecejo.
Y con todo, entre temor y antojo, te amamos como a fiera joven, y mil veces, señora, vamos a acariciarte, cuando he aquí que de pronto nace el rayo por la sobrehaz de tu piel.
¡Oh cabellera híspida que no puedo peinar! ¡Oh frente y nuca broncas de besar! ¡Brazos redondos, piernas ágiles, pies elásticos y perfectos!
¡Vaso precioso de mujer arisca: dinos, dinos al menos si no puedes ser dulce un solo instante; dime si al fin podré besarte las leves puntas de las manos!
IFIGENIA
Y, sin embargo, siento que circula una fluida vida por mis venas: algo blando que, a solas, necesita lástimas y piedades.
Quiero, a veces, salir a donde haya tentación y caricia. Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera. Y cuando, henchida de dulces pecados, me prometo una aurora de sonrisas, algo se seca dentro de mí misma; redes me tiendo en que yo misma caigo; siendo yo, soy la otra… Y me estremezco al peso de la Diosa, cimbrándome de impulso ajeno; y apretando brazos y piernas, siento sed de domar algún cuerpo enemigo.
¡Oh amor mejor que vuestro amor, mujeres! Os corre un vigor frío por la espalda: ya son las manos dos tenazas, y toda yo, como pulpo que se agarra.
Y en la gozosa angustia de apretar a la bestia que me aprieta, entramos en el mundo hasta pisar con todo el cuerpo el suelo.
Libro un brazo, y descargo la maza sorda de la mano. Hinco una rodilla, y chasquean debajo los quebrados huesos.
¡Ya es mío! ¡Ya es tuyo, Artemisa! Y subo, con un grito, hasta la eterna oreja.
Pero al furor sucede un éxtasis severo. Mis brazos quieren tajos rectos de hacha, y los ojos se me inundan de luz. Alguien se asoma al mundo por mi alma; alguien husmea el triunfo por mis poros; alguien me alarga el brazo hasta el cuchillo; alguien me exprime, me exprime el corazón.
CORO
Respetemos el dolor de la que se salió de la muerte y brotó como un hongo en las rocas del templo.
Sacerdotisa pura en traza de mujer, nunca divagaré por sus dos senos de virgen atleta, ni gozaré tejiendo sus cabellos.
Nunca disfrutarán su piel mis manos, ni ha de tocarla sino el aire, o el agua donde suele romper con el contento del cabello sediento.
—Y te envidio señora, el agrio gusto de ignorar tu historia.
IFIGENIA
Es que reclamo mi embriaguez, mi patrimonio de alegría y dolor mortales. ¡Me son extrañas tantas fiestas humanas que recorréis vosotras con el mirar del alma!
Cuando, en las tardes, dejáis andar la rueca, y cantáis solas, a fuerza de costumbre, unas tonadas en que yo sorprendo como el sabor de algún recuerdo hueco; canciones hechas en el hilo lento, canciones confidentes y cómplices que, siempre con iguales palabras, esconden cada vez hurtos distintos y mordiscos secretos en la pulpa de la vida; que, mientras manan sin esfuerzo de la boca, dan libertad para otros pensamientos—,
entonces yo adivino que andáis errando lejos de la labor que ocupa vuestras manos, dueñas de lo que sólo es vuestro y que en vano atisban los maridos en la joya robada de los ojos.
Ninguna costumbre os sujeta y, en lícita infidelidad, abrís con la llave que lleváis al cinto una cerradura sin chirridos.
Y os envidio, mujeres de Táuride, alargando mis manos a la canción perdida. (¿Veis? Magníficamente nace del mar la sombra cuando, en las colinas violetas, asoman, de regreso, los pastores de toros…)
CORO
Canta, con aire monótono:Cantemos, dando al tiempo alma y copo, rueca y voz. Horas inútiles tejen tierra y cielo, tarde y mar. Arañita de la casa, no me dan oficio mejor. Consejos me da la rueca, sintiéndome a solas reír. Hay quien de noche duerme, y hay quien de día trabaja. Hay quien aún se acuerda, y secretea y calla. Hay quien perdió sus recuerdos y se ha consolado ya.
Calla un instante. Dice luego:
¿Callas, señora? ¡Solamente callas! Y, como a aquel que canta contra el aire, nuestra canción parece caernos en la cara, queriéndose volver de nuevo al pecho.
¡Oh mujer de rodillas duras! No acertamos a compadecerte. Fuerza será llorar a cuenta tuya, a ver si, de piedad, echas del seno ese reacio aborto de memoria que te tiene hinchada y monstruosa.
No hay de nosotras quien no ceda a la canción poniendo en ella lo que cada una sabe a solas, si no eres tú, pregunta sin respuesta, a quien vivimos parteando el alma con afán.No hay de nosotras quien a las lágrimas no acuda,
con esa gula íntima de probar un secreto, donde comienza el juntarse de las almas en un temblor de miedo y amistad.
¡Pero tú, que ni nos engañas siquiera! Tú que nos das la nada que te llena, ¿no harás, al menos, por forjar un sueño, una memoria hechiza que nos pague la sed de consolarte que tenemos?
No; rechina entre tus dientes la voz: ni recordar ni soñar sabes, ni mereces los senos en el pecho, ni el vientre, donde sólo crías la noche.
IFIGENIA
Os amo así: sentimentales para mí, haciendo, a coro, para mi uso, un alma donde vaya labrada la historia que me falta, con estambre de todos los colores que cada una ponga de su trama.
Tal vez me apunta un resabio de memoria hecha de vuestras ansias naturales, y en el imán de vuestras voluntades, parece que la estatua que soy arriesga un pálpito.
Pero soy como me hiciste, Diosa, entre las líneas iguales de tus flancos: como plomada de albañil segura, y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta, nadie vio doblarse tus cejas, ni plegarse los rinconcillos inexorables de tu boca, por donde huye un grito inacabable, penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello, demasiado robusto para asido en las manos; superior a ese hueco mezquino de la palma que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis de tus brazos cintos y untados como atroces ligas al tronco, por entre los cuales puntean los cuernecillos numerosos de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre el lucero azul de tu ombligo? ¿Quién vislumbró la boca hermética de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros. ¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero: los pies, donde recibes la ofrenda y donde tuve yo cuna y regazo; los haces de dedos en compás donde puede ampararse un hombre adulto; las raíces por donde sorbes las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
«miedo a los muertos, que en general creo ha sido probablemente la fuerza más poderosa en la formación de la religión primitiva…» J. Fraser
De aquí se podrían inferir los mitos ocultos, éstos de los que no se hablan y que existen detrás de los mitos aceptados, y que encontraríamos justificados en los mitos que ahora nos representan.
Sugiere El Sr. Fraser ante la opinión de su obra:
«Espero que después de esta recusación explícita no seré ya acusado de abrazar un sistema de mitología que juzgo no sólo falso, sino hasta ridículo y absurdo. Mas estoy demasiado familiarizado con la hidra del error para esperar que cortando una de las cabezas del monstruo pueda prevenir el retoño de otra, y aun de la misma.» J. Fraser
Dejo los capitulos íntegros sobre los Tabús de mujeres en el libro de la Rama Dorada F.C.E. para una mejor visión del tema que hoy se trata. Juan Cú
3.Pagina 250. TABÚS DE LAS MUJERES MENSTRUANTES Y PARTURIENTAS En general podemos decir que la prohibición de usar vajilla, ropas y demás efectos de ciertas personas y las consecuencias que se siguen de la infracción de la regla son exactamente las mismas tanto para las personas sagradas como las que pudiéramos denominar impuras, manchadas o polutas.
Así como las prendas tocadas por un jefe sagrado matan al que las coge, así sucede también con las cosas manipuladas por una mujer menstruante. Un negro australiano que descubrió que su mujer había pernoctado sobre su manta en período menstrual, la mató y se murió de terror antes de los quince días. Las mujeres australianas en sus «periodos» tienen prohibido bajo pena de muerte tocar nada de uso de los hombres y ni aun caminar por el sendero que frecuente un hombre.
También son encerradas en el parto y todas las vasijas usadas durante su reclusión se arrojan al fuego. En Uganda, la vajilla que una mujer toca debe ser destruida cuando la impureza de su catamenio o de su puerperio está en ella. Las lanzas o escudos tocados por ella no se destruirán y solamente se purificarán.
«Entre todos los dené y la mayoría de las tribus americanas, difícilmente se encontraba un ser que produjera tanto miedo como una mujer menstruante. Tan pronto como sus signos se manifestaban en una jovencita, la separaban de toda compañía, salvo de la de otras mujeres, y tenía que vivir segregada de la mirada de los del poblado o de los hombres de los grupos trashumantes, en una pequeña choza apartada.
Mientras estuviera en ese estado atemorizante, debía abstenerse de tocar nada perteneciente a hombre o los despojos de un venado o cualquier otro animal, por temor de inficionar así a los mismos y condenar a los cazadores al fracaso, debido al enojo de la caza menospreciada.
Su dieta era de pescado seco y agua fría sorbida mediante un tubo como única bebida. Además, como sólo el verla constituía un peligro para la sociedad, tenía que llevar un gorro especial de piel con flecos cayendo hasta el pecho por delante de la cara y se ocultaba de la vista pública algún tiempo después de haber vuelto a su estado normal.
» Entre los indios bribri de Costa Rica se considera como impura a la mujer menstruante. Los únicos platos para sus comidas son hojas de plátano que después de haber sido usadas por ellas se arrojan en algún sitio retirado o lejano, porque una vaca que las encontrara y comiera se agotaría y moriría. Beberá en un vaso especial, pues alguna
TABÚS PROPIOS DE LAS MUJERES 251
persona podría beber en el mismo vaso después que ella y seguramente moriría.
Similares restricciones se imponen en muchos pueblos a las mujeres puérperas y ciertamente por las mismas razones. En este período se supone que las mujeres están en una condición peligrosa que podría contagiar a cualquier persona o cosa que tocasen; por eso se las pone en cuarentena hasta que recobran la salud y energía, habiendo pasado el imaginario peligro.
Así, en Tahití una mujer en el puerperio estaba recluida de dos a tres semanas en una choza provisional levantada en terreno sagrado; durante el tiempo de reclusión quedaba excluida de tocar las provisiones que le traían teniendo que darle de comer otra mujer.
Además, si alguien tocaba al recién nacido en este período, quedaba sujeto a las mismas restricciones que la madre hasta celebrar la ceremonia de la purificación. Igualmente en la isla de Kadiak, en Alaska, una mujer en trance de dar a luz se retira a una cabaña baja y mísera construida de juncos, donde permanece veinte días después de haber nacido el hijo, sin atención a la época del año y considerándola tan impura que nadie la puede tocar, y le aproximan los alimentos con una vara.
Para los indios bribri la impureza del puerperio es mucho más peligrosa aun que la catamenial. Cuando una mujer siente que su parto está cercano, se lo dice a su marido, que con presteza construye una choza en un lugar solitario. Allí vivirá sola sin mantener conversación con nadie, salvo con su madre o alguna otra mujer. Después del parto el curandero la purifica soplándole y teniendo sobre ella un animal cualquiera.
Pero aun así, esta ceremonia solamente mitiga su impureza dejándola en un estado considerado equivalente al de una mujer menstruante; durante un mes lunar completo vivirá aparte de su familia cumpliendo las mismas reglas de comer y beber que las relativas a los períodos menstruales.
El caso es aún peor y la impurificación es todavía más mortífera si tiene un aborto o un niño muerto antes de nacer, pues entonces ella no puede estar cerca de ningún alma viviente y el simple contacto con cosas que ella haya usado es excesivamente peligroso, dándosele su alimento en la punta de una pértiga.
Esto dura por lo general tres semanas, después de cuyo tiempo puede volver a su casa, sujeta solamente a las restricciones habituales de un confinamiento por parto.
Algunas tribus bantú abrigan nociones más exageradas aún de la virulenta infección dispersada por una mujer que ha tenido un aborto y lo ha ocultado. Un observador de experiencia nos cuenta de este pueblo que la sangre de un parto «aparece a los ojos de los sudafricanos como inficionada de una corrupción todavía más peligrosa que el líquido menstrual.
El marido es excluido de la choza durante los ocho días del sobreparto, principalmente como precaución para evitar que se contamine con las secreciones. No se atreverá el marido a tener su hijito en brazos durante los tres primeros meses de lactancia.
Cuando los loquios son particularmente terribles es en el producto de un aborto, en especial el que se ha ocultado. En este caso, no es solamente el hombre el amenazado o muerto; es el país entero, es el mismo cielo el que sufre. Por una curiosa asociación de ideas, un hecho fisiológico causa trastornos cósmicos».
En cuanto a los efectos desastrosos que un aborto puede originar en un país entero, hemos acotado las palabras de un curandero y hacedor de lluvias de la tribu Ba Pedi: «Cuando una mujer ha tenido un aborto cuando ella ha consentido que su sangre fluya y ha ocultado el feto, es suficiente para ocasionar que los vientos abrasadores soplen y resequen el país con su calor; la lluvia ya no cae, el país ya no está bien.
Cuando la lluvia se aproxima al sitio donde está la sangre, no se atreverá a acercarse; temerá y permanecerá a distancia. Esa mujer ha cometido un gran crimen: ha corrompido el país del jefe, pues ha ocultado sangre que aún no estaba bien cuajada para formar un hombre. Esa sangre es tabú.
Nunca debió gotear en el camino. El jefe reunirá a sus hombres y les dirá: ‘¿Está todio en orden en vuestras aldeas?’ Alguno responderá: ‘Tal o cual mujer está preñada y aún no se ha visto la criatura que ella ha parido’.
Entonces van, arrastran a la mujer y le dicen: ‘Muéstranos en dónde lo has ocultado’. Van al sitio, cavan y después rocían el agujero con una cocción de dos clases de raíces preparada en un puchero especial.
Hecho esto, toman un poco de la tierra de la fosa y la tiran al río; recogen agua del río y rocían con ella el sitio donde la mujer derramó su sangre. Todos los días siguientes se lavará con la medicina, y después de realizado todo esto, el país volverá a estar húmedo [por lluvial.
Además, nosotros [los curanderos] convocamos a las mujeres del país; nosotros les decimos que preparen una pelota con la tierra que contiene sangre menstrual y nos la traigan por la mañana. Si deseamos preparar medicina con que rociar al país entero, pulverizamos esa tierra, y cuando pasan cinco días, enviamos niños y niñas, niñas que aún no conozcan nada de los asuntos femeninos ni hayan tenido aún relaciones con hombres.
Depositamos la medicina en cuernos de buey y esas criaturas van a todos los vados, a todas las entradas del país; una de las niñas voltea un poco del suelo con una piqueta y las otras mojan una rama en uno de los cuernos y salpican dentro del hoyo diciendo: ‘¡Lluvia, lluvia!’
Así, nosotros neutralizamos la desgracia que las mujeres nos han traído sobre los caminos y la lluvia está en condiciones de llegar. El país está purificado».